lunes, 6 de agosto de 2012

El leitmotiv

   El leitmotiv es un término acuñado por Richard Wagnar, el célebre compositor de música clásica, para referirse a la música que acompaña (y de paso caracteriza) a cada personaje: la música del ''malo'', del ''héroe'', de la ''chica'', etc. Puede designar también el ''motivo recurrente'' que guía los actos de un personaje, es decir, el móvil de sus actos, lo sepa o no este personaje. En términos psicológicos y trasladando el concepto al mundo real desde los mundos teatrales de la ópera, podríamos decir que se trata de una forma de describir los condicionantes inconscientes más arraigados en la vida de una persona. Pero, de todas formas, a mí me sigue gustando hablar de ''el motivo recurrente'' o el leitmotiv.

  Erich Fromm, en su libro ''El lenguaje olvidado'' (una interesante introducción al análisis simbólico de los sueños y los cuentos de hadas) refiere que cuando alguien tiene un sueño idéntico que se le repite durante muchos años y con frecuencia, refleja un leitmotiv, oséase, un motivo inconsciente que guía el comportamiento de la persona. Los sueños serían una válvula de escape para una fantasía incumplida o alguna tensión permanente.

El chileno Alejandro Jodorowsky
  El artista polifacético chileno Alejandro Jodorowsky (iba a decir simplemente el ''psicomago'', pero al ver que también escribe novelas, guiones de películas, de teatro, compone bandas sonoras, y es escultor, pintor, actor y mimo, entre otras ocupaciones, me he decidido por esa denominación más ajustada al caso), en cierta ocasión, actuaba como algo así como psicoterapeuta, y hacía terapia a una señora que le contaba todas sus penas y sentimientos y situación familiar, y Jodorowsky, tras escucharla atentamente, llegaba a una sorprendente conclusión. Dijo:
  -Es que tú debías haber sido un niño. Ése es el problema.

  Así Jodorowsky llegaba a identificar un leitmotiv en la vida de la muchacha, que podía explicar muchos de los problemas psicológicos en su vida: sus padres nunca quisieron reconocer que en realidad querían un niño, ni ante sí mismos ni ante los demás ni, especialmente, ante la muchacha. Por eso la cuidaban demostrándole que ella era especial y que se alegraban de tenerla, ocultando así la culpa que sentían por aquella escondida decepción que en realidad sentían. Pero dicha decepción no por eso dejaba de existir, y eso daba lugar a otros comportamientos que le transmitían a la niña que algo estaba haciendo siempre mal.

  Otro ejemplo de leitmotiv que podríamos poner es el de la mujer que está casada por conveniencia con quien en realidad no quiere. Como no puede reconocerlo, su incapacidad para aceptar la situación le llevará a toda una serie de síntomas psicológicos e incluso somáticos de entrada desconcertantes, pero que en realidad guardan un cierto sentido.

  Claro que eso no quiere decir que este pueda ser el único origen de psicopatología. Visto el caso descrito, se puede observar que otra cosa que puede ocurrir es que un leitmotiv se transmita varias generaciones, o bien puede ser una cuestión que no esté relacionada con la propia persona, como el momento histórico.

  Un leitmotiv también se puede entender como la culminación de la reflexión sobre uno mismo, que no la conclusión, porque la reflexión sobre uno mismo nunca termina. Pero puede llegarse a un punto en que las propias dificultades y el conjunto de problemas que suelen afectar a uno mismo se comprendan hasta tal punto que se puedan resumir en una sola frase, que sería la formulación de ese leitmotiv. Dicha comprensión no implica librarse de este problema recurrente, pero sí permite tener una orientación general acerca de la situación de uno mismo. Freud, que estudió leitmotivs situados en la infancia de las personas, pretendía que esa comprensión sí otorga la cura, pero la práctica clínica mostró que esa comprensión ayudaba pero no era la solución.

  Esto ya nos lleva al último punto de interés sobre el leitmotiv, que es su utilidad en la psicología clínica. Efectivamente, el que un clínico sea capaz de reconocer un leitmotiv cuando lo tiene delante puede ser de extraordinaria utilidad, ya que le permitirá entender muy bien todo el caso clínico, y simplificar así su tratamiento.


  A modo de conclusión, cabe decir que cuanto menos el concepto del leitmotiv es de interés para la psicología, tanto clínica como de la personalidad, como demuestra el hecho de que psicoanalistas como Erich Fromm ya lo hayan tomado en consideración. Y con esto, dejo a cada uno que busque el gran ''porqué'' de su vida, para así poder encontrar un mejor ''para qué'', y se lanze a la búsqueda de un leitmotiv que le convenza.

 


lunes, 16 de julio de 2012

Etimologías (2)

  En el anterior artículo expuse el motivo por el que el conocimiento de las raíces del lenguaje nos permite pensar con más eficacia y precisión, y prometí explicar ahora porqué supone reencontrarse con uno mismo.

  Las palabras que usamos, todas ellas tienen un origen incierto. Es imposible que sepamos como todas derivan las unas de las otras. En la mayoría de los casos esto no nos es problema; ni nos va ni nos viene. Pero en ocasiones se acentúa ese efecto y nos encontramos usando unos tipos particulares de palabras sin saber porqué, como es el caso de cuando vamos a la administración y usamos un lenguaje más ''correcto'' aunque no entendamos porqué,  o cuando accedemos a nuevos ámbitos y su vocabulario nos resulta extraño pero nos vemos obligados a usarlo por estar extendido ese uso. Es el caso de, por ejemplo la informática, que nos trae multitud de nombres que no sabemos de donde proceden, o en las noticias, al informar de cualquier acontecimiento parece que usan unas palabras que no son las cotidianas y no sabemos porqué, o simplemente en nuestro ámbito profesional.


  Hay, pues, una dicotomía entre el lenguaje cotidiano que usaríamos espontáneamente y el usado formalmente, siéndonos éste ajeno y extraño. La sensación que acaba impregnando al lenguaje, como resultado, es la misma que al ver las ciudades, hechas de cemento, repletas de objetos de origen y función incierta, hechos de materiales de origen desconocido del que solo sabemos que no se encuentra en ese estado en la naturaleza (como es el caso del plástico, del que sabemos que no se deshace en el medio natural y que procede de una transformación misteriosa del petróleo): vivimos rodeados de frío cemento y de formas extrañas, usando palabras ajenas y viviendo entre artificialidades.

  Al igual que ir a la montaña nos hace recordar que efectivamente venimos de la naturaleza y que no somos enteramente artificiales, conocer las palabras griegas de las que surgen muchas de las nuestras y muchas de las del latín nos hace recordar que el lenguaje también lo hemos hecho nosotros de forma natural, que es cálido y acogedor y no frío y ajeno, como podría parecernos.

  Nosotros le llamamos hipopótamo al hipopótamo, ¿porqué? No lo sabemos. Pero los griegos decían lo siguiente: si ''caballo'' es ''hipo'' y ''río'' es ''pótamos'', entonces a esa especie de caballo que habita en los ríos lo llamaremos ''hipopótamo''.
  La tierra es gea; su diosa es Gea; si queremos que nuestras cosechas sean abundantes, debemos rezarle a Gea. La memoria es mnemos; su diosa es Mnemósine y gracias a ella recordamos las cosas; los rayos los causa Zeus y los terremotos Poseidón. Todo el lenguaje griego tiene un sonido propio y se nota claramente de donde proceden las palabras derivadas. Su vocabulario refleja una imagen del mundo muy primigenia, que, en contraste con nuestro extensísimo vocabulario artificial, nos resulta inmediato y intuitivo, y por ello, fácil de usar y sencillo.

  Conocer las palabras griegas es como pisar la hierba descalzo, porque te recuerda que vienes de la naturaleza y te permite comprobar, para tu tranquilidad, que el lenguaje también. Es por esto que digo que el lenguaje te hace reencontrarte contigo mismo. Esto te lo permite sobre todo el griego, con su sencillez e intuitividad, pero para sentir el castellano como propio debemos recurrir, además, al latín, especialmente, y al árabe y al idioma sajón en menor medida (para entender las palabras procedentes de ellos, como ''ojalá'')

lunes, 19 de marzo de 2012

Etimologías (1)

  Conocer el origen de las palabras es algo mucho más importante que simplemente saber un poco de todo. Es mucho más que ''que está muy bien'', ''es importante''. Es mucho más que un conocimiento teórico bonito que se va hacia el pasado, hacia lenguas muertas y ya sin uso alguno. Es también mucho más que una pista sobre el significado de las palabras.

  Conocer el origen de las palabras nos permite pensar con más eficiencia, con más precisión. Nos permite expresarnos con toda la exactitud que queramos, y salvar los obstáculos que puedan suponer los distintos usos de las palabras que se puedan hacer y así comprender con total facilidad lo que otros nos digan. Y además, conocer bien la lengua nos hace reencontrarnos con nosotros mismos, con nuestra naturaleza, y sentirnos nosotros mismos usando las palabras, y no como utensilios de origen desconocido, ajeno y antiguo. Puede parecer un poco exagerado, pero intentaré explicar porqué lo afirmo.

  Cuando buscamos en el diccionario una palabra, este nos informa de los usos que se suelen hacer de esa palabra, sus posibles significados, pero no suele indicar su alcance total. Para ello, algunos diccionarios acompañan cada entrada con la etimología de la palabra, y eso ya da la posibilidad de captar dicho alcance. Por ejemplo, si cogemos una afirmación típica de Ortega y Gasset, como ''vida implica una radical incertidumbre'', nos quedamos extrañados, porque de entrada eso parece querer decir que vivir es estar sumido en una situación de intensísima incertidumbre. El problema de esa afirmación no está en los términos ''incertidumbre'' o ''vida'', el uso de éstas no nos extraña por el momento, pero, ¿''radical''? Eso suena a ''muy intenso'', y yo la mayor parte del tiempo estoy tranquilo, haciendo esto o aquello, no estoy sumido en una incertidumbre espantosa ni nada por el estilo.

  Pero si buscamos el origen de la palabra radical veremos que proviene del término latino ''radix'', que designaba sencillamente las raíces de los árboles, aunque, al igual que actualmente, se usaba como metáfora del origen de algo, de lo que lo causa o mantiene (la raíz de un problema, las raíces de una cultura...), y también refiriéndose a un plano más profundo, subyacente, no visible a primera vista pero esencial (uso bastante parecido al anterior). Este último sí es el sentido en el que lo usa Ortega; veamos ahora si tiene más sentido lo que dice: ''la vida implica una radical incertidumbre.'' Puede referirse no a que esa incertidumbre sea muy intensa, sino implemente a que esté en lo más profundo, en lo esencial y determinante del concepto ''vida''. ¡Ah! Ahora ya no nos choca a primera vista esta afirmación, podemos más o menos entender que sea posible, no estar de acuerdo, pero sí entendemos al menos qué quiere decir el filósofo con esto. Ahora ya podremos pasar a indagar si estamos de acuerdo o no con esto.

  La utilidad de conocer mejor el lenguaje se ve más claramente al leer libros o al hablar con gente procedente de lugares geográficamente lejanos a donde vivamos, porque las expresiones típicas de cada lugar van variando. Conocer bien el lenguaje nos ayuda a entender mejor lo que dicen otros. Veamos ahora como puede ayudar a expresarnos, el segundo motivo por el que creo que ayuda a pensar con más eficacia.

  Al conocer bien el alcance (y no solo los usos comunes) de una palabra, sabremos exactamente qué se puede decir con ella, y así podremos darle a una palabra un nuevo uso que nunca habíamos oído; es decir, saber expresar algo sin que nunca hayamos oído como se expresa. Por ejemplo, cuando nos gusta mucho una chica/chico y estamos cerca de ella/él, podemos sentir ganas de besarle. Si concretamos más, ¿cómo podemos escribir esta sensación? ¿Nos sentimos motivados? No, es más que eso, es como si nos sintiéramos empujados. ¿Impulsados tal vez? Tampoco, porque eso es como un breve empujón que nos acerca un poco. Es algo que tira de nosotros continuamente, sin descanso. Pues resulta que la lengua castellana tiene una solución: el verbo 'impelir', o sea, que habría que decir que ''nos sentimos impelidos a besar a esa persona''. Produce mucho desasosiego cuando logramos expresar exactamente aquello que sentimos, con esa exactitud, y además nos ayuda a tener las ideas muy matizadas.

  Saber decir con exactitud, y saber entender con precisión nos enriquece dándonos a conocer nuevas visiones de las cosas, y las nuestras propias. Nos permite coger exactamente aquel matiz que nos interesa y no otro, y para ello siempre es necesario darle un nombre. Es como meter el contenido, que de entrada es abstracto, en unos sacos que serían las palabras, y solo así el pensamiento puede trabajar con dicho contenido. O sea, que el pensamiento solo trabaja con ''sacos''. Disponer de todo tipo de sacos, nos permitirá tratar muchos tipos de contenido.

  Es como si en lugar de comer solo manzanas, pudiéramos comer manzanas verdes, rojas, amarillentas, pasadas; grandes o pequeñas, jugosas o secas, arenosas o triscante. Supongamos que solo nos interesara comer manzanas grandes, verdes y arenosas. No podríamos hacerlo sin haber desarrollado dichas etiquetas. Pues así, el pensamiento puede ''engullir'' la realidad a medida que se la va encontrando, y usarla para crecer.

  Esta es, pues, la primera gran utilidad que creo que le da mucha importancia a conocer las etimologías: permitir al pensamiento alcanzar más contenido, más mundo, y procesarlo y deglutirlo, como si fuera una gran máquina digestiva de información.

  Aparte de esta primera gran utilidad, hay otras dos que me parecen más secundarias pero también importantes: conocer bien las palabras nos ayuda a evitar usar definiciones circulares que no solucionan la cuestión, como es el caso de si decimos que ''para saber esperar hace falta paciencia''. Al decir eso ya se nota que no aporta mucho decirlo, y de hecho, si buscamos la etimología de ''paciencia'', veremos que es el acto de ''sufrir'' o ''aguantar'' algo (del verbo ''patior'', sufrir), por lo que, si hacemos esa afirmación, estaremos diciendo que para esperar es necesario sufrir o aguantar la espera, lo cual no aporta, en efecto, nada.

  Y otra utilidad secundaria es comprender mejor algunos conceptos; algunas dimensiones de ellos. Pondré como ejemplo algunos parecidos sospechosos como ''cultura'', rendir ''culto'', ser una persona ''culta'' y ''cultivar'' plantas; o bien ''rey'', ''realidad'', ''realismo'' y ''res'', o bien ''educación'', ''conducción'', ''abducción'' y ''duque''. Este tipo de utilidad de la etimología es muy fácil de ver en las aulas, pues es muy usada al explicar nuevos conceptos.

  Pero insisto; estos dos usos son para mí secundarios. En la siguiente parte de este artículo expondré eso de ''reencontrarnos con nosotros mismos y nuestra propia naturaleza'', el otro gran pilar que le da tanta importancia a conocer las raíces de nuestro propio lenguaje.


lunes, 27 de febrero de 2012

El molusco matemático

  En nuestros océanos vive un molusco de aspecto prehistórico, que de hecho conserva su forma exactamente igual a la que tenía hace millones de años. Es el nautilus, y es un auténtico fósil viviente. Se le puede encontrar entorno a los 20 metros de profundidad de noche, buscando algo que llevarse a su boca con 90 tentáculos, en los arrecifes de coral del sur de Pacífico.
 
  Sin embargo, después de que describiera René Descartes la espiral logarítmica o equiangular, este inocente molusco ha cobrado mucho mayor interés, pues si hacemos un corte sagital (una sección, cortar por la mitad) de su concha, veremos que su forma espiralada se parece inusitadamente a la de la espiral logarítimica; es, de hecho, exactamente igual. Y es que además de patas, parece que este molusco tiene más cosas en la cabeza: ¡matemáticas! ¿Se conoce acaso el nautilus la fórmula de los logaritmos?

  Y no sólo el nautilus: la conchas de los caracoles, en las borrascas y en las galaxias, en las piñas y en el brocoli, entre otros muchos ejemplos. ¿También ellos saben de matemáticas? La sucesión de Fibonacci es un tipo especial de progresión que parece describir el árbol genealógico de los zánganos de abeja. Y no veo como las abejas pudieron conocer a Fibonacci.

  Una peculiaridad de las espirales logarítmicas es la autosemejanza; cada porción de la espiral es exactamente igual a cualguier otra con distintas proporciones, lo cual nos lleva a los fractales.

  Los diminutos cristales de nieve, la terminación de las arterias, de las ramas de un árbol, las nubes, los minerales cristalizados, el paisaje... Todos ellos son descritos muy bien por la geometría fractal; se repiten formas iguales a tamaños distintos, siempre con una cierta variabilidad, pero con una exactitud sorprendente.

Las frondes del helecho, que le dan nombre a la
dirección de este blog, presentan una
forma en fractales
  De hecho, un programa que es muy usado en el diseño de videojuegos y recreaciones virtuales, se basa en la geometría fractal para elaborar los árboles y la superficie de las montañas y el resultado es sorprendentemente parecido.

  Cuando el precursor del expresionismo abstracto Jackson Pollock pintó sus cuadros con técnicas de goteo y de salpicar enérgicamente con sus botes de pintura, no previó el resultado que iban a tener sus obras. Una vez más, la geometría lo describía certeramente: los cuadros de Pollock presentaban una composición en fractales.

  Y ya que hablamos de concepciones de la belleza, en la Antigua Grecia se consideraban dos proporciones ideales para las columnas: las de capitel dórico, con proporciones masculinas, de una altura de 6 veces la base, y las de capitel jónico, con una altura de 8 veces la base. La Catedral de Chartres, del siglo XIII, parece contener en las proporciones de su arquitectura métricas ideales basadas en la proporción áurea y en consonancia con los intervalos de las notas musicales.

Interior de la Catedral de Chartres
  Se creía que dichas proporciones ideales provenían de Dios, y así las reflejaron en el diseño del edificio. Por otra parte, de todas las combinaciones de frecuencia en los sonidos, sólo algunos pueden ser considerados como música para nosotros; los demás serían ruido. Esto sería lo que diferencia una bocina o una alarma del canto de un pájaro o de una nota cualquiera de guitarra. ¡Y la posición en la escala de frecuencia de dichos sonidos agradables también se corresponde con relaciones proporcionales!

  Pero, ¿qué son estas constantes formales con las que nos encontramos una y otra vez y que son hacia las que la naturaleza tiende? ¿porqué está el número pi en todas partes? ¿Nos los ha dado Dios? ¿Son éstas la Ideas superiores y eternas de Platón? ¿O la naturaleza es caótica por mucho que tratemos de encontrarles sentido con nuestras facultades del entendimiento? ¿qué hace bellas esas proporciones consideradas bellas? Tal vez un día que vayamos alegremente por el monte descubramos un árbol que no hay forma de describir desde la geometría que tenemos desarrollada hasta ahora, o que nos parezca más bello que cualquier otra forma hasta ahora conocida.

  Una posible respuesta nos la da Hans Haacke, artista conceptual alemán muy controvertido por algunas obras pero muy filosófico por otras (¡búsquese en internet!), y a nosotros nos interesa esa última faceta: en su cubo de condensación quiere mostrarnos como nuestra racionalidad impone orden a la caótica naturaleza.
  Consiste en un cubo transparente en cuyo interior se condensan gotas de agua que van resbalando. La condensación del agua depende de la temperatura en donde se encuentre, esto es, el lugar de exposición. Con esto, el autor nos deja de relieve que 1)la obra y la interpretación que suscite estará condicionada por su lugar de exposición (la ubicación en la sala, las condiciones ambientales... etc.), 2) al no ser una obra estática sino un sistema cambiante, el espectador nunca podrá verla dos veces en idéntico estado, y nunca la conocerá del todo; y 3), aunque pretendamos darle nuestro orden al mundo (orden simbolizado por la forma cúbica), éste siempre será caótico y no como nosotros creemos verlo.
Círculos incompletos de Long, en el
CaixaForum de Madrid

  Así, una percepción ordenada y racional que nosotros tengamos siempre será sólo eso, percepción. La realidad seguirá estando detrás. Y entonces las matemáticas serían un orden racional para que podamos comprender la naturaleza, una forma de abreviar tanto caos. Tal vez los fundamentos de las matemáticas estén no en la naturaleza, sino en las características de la percepción y el entendimiento. Esto nos lo muestra muy bien Richard Long en sus círculos incompletos; automáticamente tratamos de completarlos y darles una forma con sentido: el círculo.

  Supongamos entonces que el nautilus no sabe de matemáticas; sólo sigue alegremente con su vida submarina y nosotros los humanos, pensadores obsesionados, vemos como se repite en él formas que la misma naturaleza nos ha enseñado.